Setenta y cinco años después de la guerra, la frontera de Bolivia con Paraguay sigue siendo un desierto gris, habitado por espinas y serpientes y por hombres que viven en medio de la nada, acosados por el dengue y la sed, la falta de alimentos, de energía eléctrica, de caminos intransitables y de médicos que atiendan por lo menos a los enfermos cuya vida no puede esperar.
En esa zona sufren los que están ahí por voluntad propia y los que fueron enviados para ‘servir a la Patria’, o para ganar el sueldo del mes. Algunos ganaderos, militares y funcionarios de la Aduana cargan su propia cruz y buscan alivianarla utilizando los escasos recursos enviados por los gobiernos de turno y poniendo a prueba sus deseos de sobrevivir.
La situación llega a tal punto que mientras Ángel Coca, el único boliviano que vive en plena línea (Yurenda de la frontera), criando 350 vacas y mordiendo su rabia cada vez que del otro lado (Paraguay) entran a matarle a tiros a sus animales, a más de 100 km de ahí, donde está un puesto de avanzada militar, los nueve soldados que viven en unas construcciones tipo iglús y que no tienen puertas ni ventanas, lo más que pueden hacer es ir cada tres meses a verificar si algunos hitos siguen en el mismo lugar. El sargento primero Alfredo Alegría dice que esa tarea no pueden hacerla más seguido porque aún no se atreven a desplazarse en la única moto que sus superiores les entregaron hace un mes, y que por eso, desde hace algunos meses instalaron una tranca para controlar el tráfico de drogas y del contrabando.
En otro punto de la frontera, a 15 kilómetros del control aduanero de ambos países, once soldados controlan al que ingresa y sale del país. Cuando EL DEBER llegó a esa tranca, un conscripto se acercó a pedir un pedazo de pan. “Dios se lo va a pagar”, dice tras recibir una manzana y luego la esconde en el bolsillo de su pantalón para evitar que un compañero suyo, también con cara de hambre, lo vea y acuda para pedirle un bocado. Luego, otro soldado contó que en algunas oportunidades a los que vigilan ese puesto de avanzada les dan Bs 300 para que se compren dos chivos y los conviertan en charque. El teniente coronel Juan Carlos Decornes, que está a cargo del regimiento Campero acantonado en Ibibobo, a 80 km de Villa Montes y a 60 km de suelo paraguayo, tiene a su cargo a 350 hombres y la tarea de vigilar 74 km, (de los casi 700 que tiene la frontera), donde están los hitos Esmeralda, Oruro y 10 de Octubre. En cada uno de ellos tiene a 11 soldados, una cantidad insuficiente para mantener limpia la franja que separa Bolivia de Paraguay. Para hacer ese trabajo, según dice, se necesita maquinaria pesada y por ello ya se están haciendo las tratativas con autoridades del aparato estatal.
Hace poco Decornes hizo un reconocimiento aéreo de su sector y divisó que el mismo estaba lleno de matorrales, lo cual impide que su gente patrulle y constate si los hitos se mantienen en su lugar.
Ángel Coca, el centinela voluntario que tiene Bolivia en un punto de la frontera, es de los que propone que las tropas militares no estén tan distantes y que sienten soberanía a pasos de donde termina y comienza el territorio nacional. Decornes reveló que tiene conocimiento de que el regimiento Pisagua hizo un estudio para mover un puesto de control y que el mismo está siendo analizado en el Ministerio de Defensa, puesto que cualquier modificación tiene que obedecer a fines estratégicos y no sólo a las necesidades de una pequeña población.
El subgobernador regional de Villa Montes, Rubén Vaca, es la autoridad cuya competencia es la de velar por los asentamientos humanos por más pequeños que éstos sean. Por eso dice que tiene un plan para terminar con la sed de los que habitan la zona. “Vamos a sacar agua al Pilcomayo y mediante cañería llevar el líquido a todos los rincones de Chaco”, dijo. Ese proyecto puede costar Bs 150 millones. Pero Vaca sabe que también hay otro problema: los más de 1.200 km de caminos que surcan el Chaco en época de lluvia suelen hacerse difíciles de transitar. Mercedes Gutiérrez es una de las que sufre el mal estado de las rutas y por eso junto a otros puso una tranca en la ruta para evitar que por ahí circulen vehículos pesados.
Ya en la misma línea fronteriza, el oficial de Aduana de Bolivia Freddy Medina calma su sed con agua paraguaya puesto que en el suelo boliviano no existe ningún pozo de donde pueda sacar el líquido elemento. A ese problema se le suma otro, el generador de luz sólo le da corriente unas horas al día y por eso cuando es de noche prefiere no atender porque teme ser atacado por antisociales camuflados de camioneros.
Pero el ciudadano paraguayo Cesar Pintos critica a la Aduana boliviana porque dice que cada miércoles, cuando se produce el cambio de agente, los tienen parados a los transportistas, esperando que llegue el otro compañero de Villa Montes. Medina, como descargo, afirma que eso no es cierto y que la demora obedece a inconvenientes en el sistema informático y asegura que la relación con los paraguayos es cordial.
En Ibibobo, el corregidor Fausto Carvajal lamenta que los médicos salgan escapando del pueblo debido al calor y los mosquitos. El médico del regimiento Campero, Hugo Ángel Rojas, cuenta que, cuando no hay un doctor en el pueblo, él atiende a los cerca de mil habitantes de Ibibobo.
La tarde está cayendo en el desierto gris y Ángel Coca agradece que el cielo del Chaco Boreal aún no se haya apagado porque ahí donde llegó EL DEBER, a esa su casa que se encuentra en el límite de la nación, la luz todavía permite apreciar los restos de armas y municiones de la guerra que se desarrolló entre 1932 y 1935. “En 75 años muchas huellas no se borraron. Eso lo puedo asegurar…”.
EL DEBER, domingo 13 de junio de 2004.
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