Por los periodistas tengo sentimientos que se repelen, se chocan y sacan chispas. Por un lado siento pena por esos hombres y mujeres que salen bien temprano de sus casas sin saber a qué hora retornarán a sus madrigueras ni con qué gente se toparán en sus fuentes de trabajo, en la calle y en las montañas. Pero esa pena se me pasa cuando recuerdo que los mineros, las lavanderas, los médicos, los carpinteros, los albañiles, los limpiavidrios y comerciantes, entre otros, también deben pasar tragos amargos en esa búsqueda incensante para conseguir recursos con los que puedan parar la olla, comprarse una casa, un vehículo o tener con qué pagar las cervezas de los fines de semana.
Siento rabia, cuando veo le televisión y me topo con que los chismes ya han adquirido un estatus de primer mundo y hasta invitan a los televidentes a que oficien de celestinos para que delaten los pecadillos que puedan cometer sus semejantes. También siento rabia cuando veo que la farándula y la banalidad han devorado los reportajes y las noticias culturales que desde hace años, o quizá nunca, tuvieron algún espacio minúsculo en la programación televisiva.
Siento una admiración a brazo partido por aquellos que siguen soñando en que a través del periodismo otro mundo es posible, que todavía se pueden publicar notas interesantes por las rendijas que deja la coyuntura y que una noticia va más allá del qué, del cómo, del cuándo y del donde, esas preguntas que, como una gota que golpea la piedra, va haciendo escapar lectores y aburriendo a quienes todavía se atreven a abrir un periódico.
Siento esperanzas porque la Internet se vengará contra la frontera lapidaria del papel periódico. Ese soporte maravilloso pero que alguna vez, por un tema de espacio, obligó a cortar algunas historias que murieron antes de los puntos finales.
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El anciano periodista, que es personaje central en Memorias de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez, se refería al corrector/editor del pequeño periódico para el que trabajaba, como al “abominable hombre de las nueve” En eso estoy con vos Roberto. Felicitaciones por el blog. Un gran abrazo.
Muchas gracias por tus palabras querido Tocayo. Son agua entre la arenas para seguir de pie, luchando contra las travesuras de la existencia.
Un abrazo
Roberto