La primera vez que vi a Desirée Martin fue al comienzo de la primavera europea de 2007. Estaba en un hotel por la zona de Sol de Madrid, con un vestido azul floreado y corto, con una flor negra en la muñeca derecha y unas medias pantys se trepaban como arañas por sus piernas largas con las que se mueve por un mundo de hombres, el de los fotoperiodistas, esa tribu nómada que aquel 9 de mayo la observó gozar el prestigioso premio Ortega y Gasset que recibió por una gráfica que tomó en las costas de Tenerife, después de dos años de vigilar el arribo de cayucos con seres casi muertos llegados del Tercer Mundo.
Aquella vez, Bolivia le sonaba lejana, pero tomó un mapa del globo y lo marcó como otro posible destino dentro de su ruta de trotamundos insaciable a la que acude con su camarota en la mano, una mochila larga en la que carga su portátil y un par de prendas como único equipaje.
Así llegó a Santa Cruz en noviembre pasado, dispuesta a meterse en el estómago de una bestia donde viven y mueren sus héroes anónimos a los que primero observa con la paciencia de un fraile y luego aprieta el clic de su Canon las veces que sean necesarias para inmortalizarlos y convertirlos en una pieza de arte. “Si la realidad puede llegar a ser arte, quizá alguna vez he sido una artista”, dice despreocupada, desde el asiento de copiloto en el que va ingresando a esta ciudad que la verá en acción, reír y llorar.
“Hacer periodismo de inmersión tiene su precio alto”, me dirá días después, cuando a las seis de la mañana me despierte una llamada suya para gritarme al oído que estaba en una esquina fría de Uyuni, sentadita en su mochila, llorando porque alguien le había robado su portátil de 1.500 euros.
Lloraba porque sabía que aquel robo era como si le hubieran cortado su brazo izquierdo, porque es a través de esa computadora que enviaba sus fotos a las agencias y diarios internacionales con los que trabaja de freelance.
Pero ella sabe que nunca tuvo un viaje sin heridas: en 2006 la secuestraron durante tres días en Marruecos y en un cuarto en penumbra la obligaban a desnudarse. En su periplo por países de África tuvo que sobrevivir a plagas expertas en hacer delirar a sus víctimas, y cuando estuvo en Kosovo se metió en un chaleco antibalas de 17 kilos y como vio que eso no servía para nada, atinó a apoyarse y quedar inmóvil durante siete horas detrás del motor de un vehículo perforado para evitar que la maten. Desìrée Martin Peraza tiene 35 años y un aro de plata en la pared izquierda de su nariz afilada.
Ella es una chica dulce y tiene el cabello rojizo, y cuando no está de viaje vive en esa su casa española que está a 30 metros del mar, en Güimar, un pueblo que en épocas de sol es el paraíso de veraneo de los pobres y que después vuelve a convertirse en su refugio donde edita sus fotos que ha tomado por el mundo, y donde se arregla el pelo y las uñas de sus pies como un rito que sigue a letra muerta para recuperar su feminidad que perdió en el camino.
- ¿Lo que viviste en Bolivia ha sido tu peor guerra?
- No, mi peor guerra la batallo en otro territorio. – ¿En cuál? – En el terreno donde viven mis demonios interiores.
- Supe que en España alguien te dijo que eres una puta valquiria, ¿Qué es lo que significa eso?
- Dicen que soy una puta valquiria. Me parece demasiado. La valquiria forma parte de la mitología vikinga y de ella se dice que es un ángel negro alado que rescataba de las batallas a los muertos para llevarlos al cielo. La relacionaban conmigo porque algunos colegas consideran que yo suelo ir en busca de los seres humanos para elevarlos a la categoría de los no visibles mostrándolos por un instante en un medio de comunicación.
- ¿Qué muertos te estás llevando de Bolivia?
- A un señor de 84 años que encontré en Chapare. Cada surco de las arrugas de su cara me contaba muchas historias. Él me abrió las puertas de su casa y de su chaco donde tiene sembrado un cato de coca, mientras otra gente en Bolivia me las cerraba.
- ¿Cómo te ha ido en Bolivia?
- Creo que ha sido como estar en una montaña rusa, por segundos me he sentido arriba en mi profesión cuando estaba cubriendo las elecciones y veía salir mi producción a nivel internacional, y también cuando estaba haciendo reportajes que se podrán ver al otro lado del mundo. Eso es un privilegio hoy en día. Pero casi al segundo siguiente me sentía desprotegida y me percataba que estaba en un país en construcción.
- Pero encontrarse con un país en construcción es algo con que todo reportero de raza sueña.
- Periodísticamente fue interesante. Y puedo decir que el material que me llevo, más de 5.000 fotos, son producto de lo que he visto y el resultado de lo bueno y malo que he padecido. Por ejemplo, al llegar a Oruro empezó el sufrimiento por la altura. Me desmayé en dos ocasiones. Me tendí en el pasillo del bus para que se me oxigenara el cerebro y la gente en vez de ayudarme me pisó. En la ciudad me robaron el móvil unos universitarios. Tuve que sobornar a un policía para que me lo devolviera, le di 20 pesos.
- Cuando pensabas que todo lo malo te había pasado, te enteraste que Air Comet, la que te llevaría de retorno a España, se declaró en quiebra. Estoy seguro que esto no te ocurrió ni en un país en guerra, ¿cómo lo tomaste?
- Ahí empezó otro peregrinaje. Las instituciones de mi país no me ayudaron. Humberto Roca, de AeroSur, me regaló un billete de vuelta a casa. Ese hombre es un personaje.
- Parece que estás acostumbrada a viajar a la parte más caliente del planeta, ¿fuiste a Kosovo?
- Fui hace bastante tiempo, cuando estaba empezando en este oficio. Tenía el sueño de cubrir un tremendo conflicto como el que se vivía allí. En Kosovo escuché el disparo de un arma por primera vez, y supe que ni los coches blindados paran las balas. Fue un aprendizaje sobre cómo es la vida de un reportero de guerra y las mañas para enviar con rapidez una foto.
- ¿Cómo fue tu experiencia con un chaleco antibalas?
- Pesaba 17 kilos y no me dejaba caminar ni respirar con tranquilidad. Era una tortura. Me lo puse para ingresar a una zona de miedo. Varios niños y yo nos escondimos detrás de un coche porque nos estaban disparando unos francotiradores. Después me di cuenta que yo me salvé porque me escondí detrás del motor de un coche. Pero mataron un niño al lado mío. Horas después me rescataron.
- ¿Irak no te ha seducido?
- Estoy apuntada en la lista de candidatos. Concuerdo con lo que dicen los maestros del periodismo, que no es atractivo cubrir una guerra desde un hotel, que es lo que ahora se acostumbra. -
¿Qué tan caro es ir a la guerra?
- Varía de acuerdo al lugar donde esté ocurriendo el desastre. Unos 8.000 ó 10.000 dólares. Lo más caro es la seguridad, y también enviar las fotos al segundo de haberlas tomado exige gastar buen dinero.
- ¿Cómo es el día de una fotoperiodista?
- Mi producción va destinada a la France Press y a varios diarios del mundo. Pero quiero aclarar que no siempre es la agencia la que me envía con todo pagado. Por lo general yo me muevo por mi cuenta y después tengo que buscar a un medio para que me compre los fotorreportajes. Todo es dinero. Viajo en avión, en bus, en tren, camino bastante. Conseguir un visado para ingresar a un país en guerra puede costar más que contratar a un guardaespaldas. Con todo ello, creo que los fotoperiodistas estamos en extinción. Me he jugado mi vida por esto. No tengo lo que tiene la mayoría de la gente: una familia. Pero pienso seguir, aunque me cueste sangre y sudor.
EL DEBER, domingo 10 de enero de 2010






