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Desìrée con su otro ojo. Una foto tomada por Andrés Gutiérrez.

La primera vez que vi a Desirée Martin fue al comienzo de la primavera europea de 2007. Estaba en un hotel por la zona de Sol de Madrid, con un vestido azul floreado y corto, con una flor negra en la muñeca derecha y unas medias pantys se trepaban como arañas por sus piernas largas con las que se mueve por un mundo de hombres, el de los fotoperiodistas, esa tribu nómada que aquel 9 de mayo la observó gozar el prestigioso premio Ortega y Gasset que recibió por una gráfica que tomó en las costas de Tenerife, después de dos años de vigilar el arribo de cayucos con seres casi muertos llegados del Tercer Mundo.

Aquella vez, Bolivia le sonaba lejana, pero tomó un mapa del globo y lo marcó como otro posible destino dentro de su ruta de trotamundos insaciable a la que acude con su camarota en la mano, una mochila larga en la que carga su portátil y un par de prendas como único equipaje.

Así llegó a Santa Cruz en noviembre pasado, dispuesta a meterse en el estómago de una bestia donde viven y mueren sus héroes anónimos a los que primero observa con la paciencia de un fraile y luego aprieta el clic de su Canon las veces que sean necesarias para inmortalizarlos y convertirlos en una pieza de arte. “Si la realidad puede llegar a ser arte, quizá alguna vez he sido una artista”, dice despreocupada, desde el asiento de copiloto en el que va ingresando a esta ciudad que la verá en acción, reír y llorar.

“Hacer periodismo de inmersión tiene su precio alto”, me dirá días después, cuando a las seis de la mañana me despierte una llamada suya para gritarme al oído que estaba en una esquina fría de Uyuni, sentadita en su mochila, llorando porque alguien le había robado su portátil de 1.500 euros.

Lloraba porque sabía que aquel robo era como si le hubieran cortado su brazo izquierdo, porque es a través de esa computadora que enviaba sus fotos a las agencias y diarios internacionales con los que trabaja de freelance.

Pero ella sabe que nunca tuvo un viaje sin heridas: en 2006 la secuestraron durante tres días en Marruecos y en un cuarto en penumbra la obligaban a desnudarse. En su periplo por países de África tuvo que sobrevivir a plagas expertas en hacer delirar a sus víctimas, y cuando estuvo en Kosovo se metió en un chaleco antibalas de 17 kilos y como vio que eso no servía para nada, atinó a apoyarse y quedar inmóvil durante siete horas detrás del motor de un vehículo perforado para evitar que la maten. Desìrée Martin Peraza tiene 35 años y un aro de plata en la pared izquierda de su nariz afilada.

Ella es una chica dulce y tiene el cabello rojizo, y cuando no está de viaje vive en esa su casa española que está a 30 metros del mar, en Güimar, un pueblo que en épocas de sol es el paraíso de veraneo de los pobres y que después vuelve a convertirse en su refugio donde edita sus fotos que ha tomado por el mundo, y donde se arregla el pelo y las uñas de sus pies como un rito que sigue a letra muerta para recuperar su feminidad que perdió en el camino.

- ¿Lo que viviste en Bolivia ha sido tu peor guerra?

- No, mi peor guerra la batallo en otro territorio. – ¿En cuál? – En el terreno donde viven mis demonios interiores.

- Supe que en España alguien te dijo que eres una puta valquiria, ¿Qué es lo que significa eso?

- Dicen que soy una puta valquiria. Me parece demasiado. La valquiria forma parte de la mitología vikinga y de ella se dice que es un ángel negro alado que rescataba de las batallas a los muertos para llevarlos al cielo. La relacionaban conmigo porque algunos colegas consideran que yo suelo ir en busca de los seres humanos para elevarlos a la categoría de los no visibles mostrándolos por un instante en un medio de comunicación.

- ¿Qué muertos te estás llevando de Bolivia?

- A un señor de 84 años que encontré en Chapare. Cada surco de las arrugas de su cara me contaba muchas historias. Él me abrió las puertas de su casa y de su chaco donde tiene sembrado un cato de coca, mientras otra gente en Bolivia me las cerraba.

- ¿Cómo te ha ido en Bolivia?

- Creo que ha sido como estar en una montaña rusa, por segundos me he sentido arriba en mi profesión cuando estaba cubriendo las elecciones y veía salir mi producción a nivel internacional, y también cuando estaba haciendo reportajes que se podrán ver al otro lado del mundo. Eso es un privilegio hoy en día. Pero casi al segundo siguiente me sentía desprotegida y me percataba que estaba en un país en construcción.

- Pero encontrarse con un país en construcción es algo con que todo reportero de raza sueña.

- Periodísticamente fue interesante. Y puedo decir que el material que me llevo, más de 5.000 fotos, son producto de lo que he visto y el resultado de lo bueno y malo que he padecido. Por ejemplo, al llegar a Oruro empezó el sufrimiento por la altura. Me desmayé en dos ocasiones. Me tendí en el pasillo del bus para que se me oxigenara el cerebro y la gente en vez de ayudarme me pisó. En la ciudad me robaron el móvil unos universitarios. Tuve que sobornar a un policía para que me lo devolviera, le di 20 pesos.

- Cuando pensabas que todo lo malo te había pasado, te enteraste que Air Comet, la que te llevaría de retorno a España, se declaró en quiebra. Estoy seguro que esto no te ocurrió ni en un país en guerra, ¿cómo lo tomaste?

- Ahí empezó otro peregrinaje. Las instituciones de mi país no me ayudaron. Humberto Roca, de AeroSur, me regaló un billete de vuelta a casa. Ese hombre es un personaje.

- Parece que estás acostumbrada a viajar a la parte más caliente del planeta, ¿fuiste a Kosovo?

- Fui hace bastante tiempo, cuando estaba empezando en este oficio. Tenía el sueño de cubrir un tremendo conflicto como el que se vivía allí. En Kosovo escuché el disparo de un arma por primera vez, y supe que ni los coches blindados paran las balas. Fue un aprendizaje sobre cómo es la vida de un reportero de guerra y las mañas para enviar con rapidez una foto.

- ¿Cómo fue tu experiencia con un chaleco antibalas?

- Pesaba 17 kilos y no me dejaba caminar ni respirar con tranquilidad. Era una tortura. Me lo puse para ingresar a una zona de miedo. Varios niños y yo nos escondimos detrás de un coche porque nos estaban disparando unos francotiradores. Después me di cuenta que yo me salvé porque me escondí detrás del motor de un coche. Pero mataron un niño al lado mío. Horas después me rescataron.

- ¿Irak no te ha seducido?

- Estoy apuntada en la lista de candidatos. Concuerdo con lo que dicen los maestros del periodismo, que no es atractivo cubrir una guerra desde un hotel, que es lo que ahora se acostumbra. -

 ¿Qué tan caro es ir a la guerra?

- Varía de acuerdo al lugar donde esté ocurriendo el desastre. Unos 8.000 ó 10.000 dólares. Lo más caro es la seguridad, y también enviar las fotos al segundo de haberlas tomado exige gastar buen dinero.

- ¿Cómo es el día de una fotoperiodista?

- Mi producción va destinada a la France Press y a varios diarios del mundo. Pero quiero aclarar que no siempre es la agencia la que me envía con todo pagado. Por lo general yo me muevo por mi cuenta y después tengo que buscar a un medio para que me compre los fotorreportajes. Todo es dinero. Viajo en avión, en bus, en tren, camino bastante. Conseguir un visado para ingresar a un país en guerra puede costar más que contratar a un guardaespaldas. Con todo ello, creo que los fotoperiodistas estamos en extinción. Me he jugado mi vida por esto. No tengo lo que tiene la mayoría de la gente: una familia. Pero pienso seguir, aunque me cueste sangre y sudor.

EL DEBER, domingo 10 de enero de 2010

La foto ganadora del Ortega y Gasset 2007

Que se aleje de los hoteles cinco estrellas, o que acuda a ellos sólo para recibir la estadística fría que dan los ministros, y después, que vaya a buscar a los que no salen en los reportajes de siempre. Las historias de verdad están en los patios traseros del mundo. Lo otro, es realidad virtual, un baile de salón.

Que no se enamore de las encuestas políticas, esas que cuestan tanto dinero que con lo que en ellas se invierte se puede hacer cinco o más reportajes de investigación.

Que se de cuenta que los reportajes políticos no lo son todo, a no ser que revele el enriquecimiento ilícito de los que están en el poder.

Que no se olvide que la televisión y la Internet mata la noticia del periódico la noche anterior, Que lo que se lee en la mañanita ya es noticia muerta. ¿Tanto esfuerzo para eso?

Que también recuerde que la pirámide invertida sirve, en el mejor de los casos, de lunes a sábado, y que el domingo es un dinosaurio abatido a tiros por el aburrimiento.

Que el periodismo ciudadano está bien, que no es un invento de la tecnología. Que publicar sobre el mal estado de las calles es imprescindible. Pero que también no le caería mal mirar un poco más allá porque ahora no se escribe sólo para el campanario.

Que no se esfuerce tanto en buscar la pepa, la patada, la primicia. Sino más bien que se detenga a escuchar a su entrevistado. Que no confíe tanto en la grabadora, sino más bien en sus oídos y en su libreta a apuntes.

Que al momento de escribir también recuerde los gestos de la cara del entrevistado, su lenguaje de las manos, el color de su mirada, el viento que golpea la ventana. Es decir, aquello que dice más que una docena de palabras.

Que no le importe si la competencia ya sacó aquella buena historia que nos perdimos. Los lectores no tienen dinero como para comprar dos o más periódicos.

La propuesta esta servida. Si alguien tiene una sugerencia, favor hacerla llegar.

Gongo hace patria allá

A las 13:30 de ayer, Gongo se subió a su barquito, como lo viene haciendo desde 1979, hizo bramar el motor fuera de borda, abandonó Puerto Rico y se perdió por el horizonte hacia cinco comunidades de Pando a las que sólo se llega por agua. De carga llevaba unas bolsas celestes con papeletas de sufragio y lo acompañaban dos funcionarios de la Corte Departamental Electoral, con quienes también retornará mañana, cuando termine la votación.
Fernando Aguilera Rogerio (Gongo) ayer cumplió 30 años de surcar los ríos de Pando para llevar el material electoral a pueblos remotos. En su mapa imaginario, Kiosco figuraba a dos horas de ahí, una barraca que sólo tiene nueve inscritos para votar, de los cuales seis son jurados. “Estoy seguro de que esa mesa es la que siempre termina primero en todo el país”, apuesta Gongo, que tiene 70 años de vida, un bigote menudo y dos dientes de oro.
Puerto Rico, (localidad ubicada a tres horas de Cobija) ha sido el primer destino adonde salió una comisión de la CDE para que desde ahí el viaje continúe por el río Manuripi. En el transcurso del día lo hicieron otras, y sus destinos estaban fijados rumbo a, por lo menos, una docena de ríos que son la única posibilidad para llegar hasta los núcleos humanos que también tienen el derecho a votar. Es que Pando es un departamento donde gran parte de los asientos electorales está en las provincias. El presidente de la CDE, Jorge Elías Valdés, recordó que de las 233 mesas, 123 están fuera de Cobija.
Eso lo sabe Gongo y por eso, ayer, cuando eran las 12:00 y la lluvia no paraba de caer en Puerto Rico, empezó a preocuparse. Media hora después miró para arriba y dijo: “El cielo deja de llorar a la una”. Así fue, y por eso, a las 13:30 iba rumbo a Kiosco, Puerto Cárdenas, Manchester, Altagracia y Montecarlo, ranchitos que superan, entre todos, el centenar de votantes. Si todo va bien, remató Gongo, en siete horas llegaremos al último pueblo. Eso significa, explica, si no tiene que llover fuerte y que el cielo no apague la luz antes de tiempo.
Recordando el pasado, dice que hasta los años 80 el ritmo de entrega del material electoral era diferente, porque había más poblaciones a las orillas de los ríos y menos zonas fantasmas, es decir, deshabitadas.
“Tenía que salir 15 días antes de las elecciones para llegar a tiempo”, explica y evoca sus tiempos de juventud, cuando con su barquito quebraba las olas de los ríos Beni, Madre de Dios, Orthon, Manuripi, Tahuananu, Acre y Manurimi. Gongo también guarda algunos secretos. Cuenta que en la elección en que candidateó Juan Pereda Asbún se cometió fraude. “Había quienes llenaban las ánforas con papeletas ya marcadas”, revela.
Carlos Monje y José Reinaldo Endara Fernández, los capacitadores de la CDE y acompañantes de Gongo, afirman que ahora no existe ninguna posibilidad de que se consume un fraude.
“Técnicamente todo está controlado y los funcionarios de la Corte nos hemos puesto la camiseta de la democracia”, afirma Monje. Para él, ponerse la camiseta significa trabajar a tiempo completo. Por ejemplo, cuenta José Reinaldo, que de Cobija salieron en una camioneta a las 23:00 del jueves, llegaron a las 2:00 a Puerto Rico, se alojaron en un hotel de madera y todo pinta a que la jornada acabará cuando el material esté en manos de los jurados electorales. “Pero sólo haremos una pausa hasta el domingo”, aclara, puesto que el 6 tendrán que volver a navegar, ni bien termine el escrutinio porque en Cobija esperan los resultados”.
Gongo y sus dos acompañantes no eran los únicos que ayer estaban surcando los ríos con un cargamento de papeletas de sufragio y otros materiales. Óscar Guerrero, vocal del proceso electoral de la CDE, dijo que se está ejecutando un operativo para que no quede ningún pueblo o ranchito sin el derecho a votar, y que es por eso que con días de anticipación se contrató a personas para que pongan a disposición sus barcos y sus conocimientos de navegación.
Gongo, ayer, mientras se alejaba por el horizonte, levantó la mano para despedirse de un grupo de gente que se había dado cita en el puerto para ver cómo es que se transportaba el material electoral.

El Diego de la Paty

La fotografía que armó la bronca en mis entrañas fue aquella donde aparece Diego. El muchacho posaba para la cámara con su barballena como trofeo de todas sus andanzas y miraba de frente con una sonrisa fresca y unos ojos espirituales que bien uno podría asegurar que no ha pecado nunca. Pero yo sabía que, mortal como es, había partido el corazón de su madre tras cruzar la puerta de su casa chilena por la que salió con su mochila al hombro y sus alicates con los que ahora se gana la vida fabricando aros artesanales y otras chucherías.
Patricia escribió cientos de correos electrónicos preguntando si alguien ha visto a su hijo; tocó las puertas de las salas de redacciones de diarios de Chile y Bolivia, llamó por teléfono a no se cuánta gente y después, cuando ella también decidió lanzarse a la mar de los viajes en busca de él, visitó las moradas del submundo de esta ciudad donde nos conocimos personalmente una mañana alocada de calor, después de algunas semanas de haberla sentido llorar en sus cartas digitales que me escribió con unas manos desesperadas.
Los días pasaron como un rayo, los meses se fueron sumando y cuando se hizo el año de la fuga doméstica de Diego, apareció en esa foto: sonriente y con la sinvergüenzura en la cara. Una amiga de Patricia que cabalgaba por el noreste brasileño lo había visto, y ¡zas!, apretó el gatillo.
Hace tres días he vuelto a ver esa foto. Patricia me la volvió a enviar desde Santiago entre medio de unos textos literarios que escribió para un curso de escritura que le ayuda a olvidar las penas y afinar esa pluma que mantiene dormida porque, según ella, aún no aprendió a leer las novelas por las costuras. Esta vez no he sentido rabia. Diego sigue sonriente, barbón y agarrando una tabla que le sirve de vitrina para mostrar a los turistas lo que sabe hacer muy bien. A través del chat le digo a Patricia que ya habrá tiempo para que Diego se arrepienta y vuelva a su casa y para que se siente en la sala que ahora está vacía por su ausencia. Pero ella, con esa bondad que sólo puede parir una madre, me ha dicho que no espera que le pida perdón, que a través de esa foto ve a un hijo que está contento porque ha elegido valientemente lo que otros no se animan: a vivir a su modo, como le de la gana, como un gitano de oficio.
Mmmmmm, eso le he contestado. Como diciéndole que no estoy de acuerdo, que el pendejo de su hijo no tiene derecho a mandarse a mudar así nomás…Pero lo cierto es que ya no he sentido rabia y hasta he tenido el deseo de encontrármelo a Diego en uno de mis viajes. Lo he imaginado con la misma pinta de la foto y hasta lo he visto de espaldas en un bar de Madrid, en esos donde uno pide una caña y de regalo te dan unas tapas para entretener la muela. Pero no me animé a hablarle. También me he topado con él en una de las tantas fronteras que tiene Bolivia. Por ahí estaba él, con su cara de extranjero y su ropa empolvada. “Vos sos el Diego de la Paty”, le dije esta vez, en la oficina de Migración de Villazón, a unos pasitos de Argentina. “Cómo sabes de mí”, me respondió con esa cara de amigo y después nos fuimos a la plaza iluminada por una pizca de luna. Ahí le conté que es el hijo pródigo más famoso de América Latina y le he recomendado que se de una vuelta por su casa de Santiago, donde tres personas maravillosas y la perra Almendra esperan por él. Me respondió con ese rostro que pone cuando le están por sacar una foto, y esta vez, tampoco he sentido rabia, porque sé que se trata del Diego de la Paty.

Rafael Quispe dijo que fue esclavizado en Sao Paulo

Cuando Rafael Quispe Paco se sentó en el asiento 9 del bus que lo llevó desde Santa Cruz hasta Asunción (Paraguay) junto a su esposa Angélica Contreras, ningún presagio malo le desordenó el pensamiento. Por el contrario, ese día, 2 de febrero de este año, Rafael se acomodó como un burgués y se puso a contar en su cabeza los 500 dólares que le prometieron pagar por disfrazarse de mascota de una fábrica de plásticos instalada en San Pablo (Brasil).

Atrás suyo iba el hombre que los contrató, ése que tan pronto pasaron la frontera, les dijo que la empresa había quebrado y que debían someterse a otros oficios. Quispe jamás pensó que, de ahí en adelante, él y su compañera perderían su libertad. Fueron encerrados en un garaje de Ciudad del Este (Paraguay), con otros bolivianos y obligados a comer pan duro y carne en descomposición. Veinte días después fueron vendidos en $us 300 cada uno, y enviados a un taller de costura de San Pablo. Allí lloraron y vieron otra gente llorar, fueron testigos de violaciones sexuales y después, cuando estaban al borde de perder las esperanzas, saltaron de la segunda planta de su encierro y caminaron con los pies heridos durante ocho horas, buscando consuelo y socorro.

Rafael Quispe ahora está en Bolivia y decidió contar los detalles de cómo fue verdaderamente infeliz. Esos datos que salen ahora de la boca de este hombre, de 28 años, moreno, delgado y libre, ponen al descubierto que la esclavitud en los talleres de costura sigue creciente y rentable, que existe una mafia que opera desde Santa Cruz, que una persona boliviana en la fronteriza Ciudad del Este y en San Pablo tienen precio, y que hay cientos, o acaso miles de compatriotas que están siendo sometidos día y noche y que aguardan que alguien en este mundo los rescate de ese cautiverio silencioso.

La consulesa de Bolivia en San Pablo, Rosa Virginia Cardona, revela que el 70% de la ropa con la que se visten los 10,2 millones de personas que viven en Sao Paulo, es fabricada por manos bolivianas. Pero ése no es el dato más fuerte que saca a la luz. Desde su oficina ubicada en la avenida Paulista 1439, por vía telefónica dice que todos los días llegan entre ocho y diez buses, cada uno con 45 pasajeros bolivianos cuyo destino ya está escrito: alimentar los talleres de costura clandestinos que hay en el submundo de la metrópolis paulista.

Cardona también sabe que en uno de esos centros de esclavitud estuvo Rafael Quispe y su esposa, y recuerda que un mediodía los vio llegar a su despacho con cara de asustados y arrastrando sus malos recuerdos. Antes de conocer a los esposos Quispe, la consulesa ya tenía conocimiento de mafias que trafican con seres humanos y que se compran y venden como si se tratara de cualquier mercancía. De tanto indagar sobre este tema, Cardona también está enterada de que el 90% de los que llegan en calidad de esclavos proviene de pueblos rurales de Santa Cruz y que la estrategia de reclutamiento consiste en ofrecer falsos paraísos que después se transforman en verdaderos infiernos.

El que no estaba enterado del tráfico de humanos era Rafael Quispe. La vida le había sido difícil desde que llegó a este mundo, el 24 de octubre de 1981. Después de nacer fue llevado a un orfanato y desde los ocho años empezó a vender asaditos en la curva norte del estadio Tahuichi Aguilera. Cuando cumplió 26, un dirigente deportivo le propuso que se convierta en la mascota de Oriente Petrolero y desde hace dos años le viene dando vida a un loro con sombrero de saó que en las tardes domingueras de fútbol corre y alienta a la barra brava bajo un ambiente festivo, de bengalas y cánticos. Fue en el intervalo de un partido, en enero de este año, cuando un hombre se le acercó y le dijo que era representante de una empresa que produce plásticos en Brasil, y que lo quiere contratar para que sea la mascota (un muñeco) de la compañía y que por ese trabajo le pagaría $us 500 al mes; es decir, diez veces más de lo que ganaba. Además, le dijo que a su esposa podía llevarla, porque también le darían trabajo a ella.

Todo se derrumbó cuando llegaron a Ciudad del Este. Ahí, metidos en un garaje donde había otros bolivianos, un hombre les comunicó que estaban vendidos. “Las noches eran un parto con dolor. Sólo podíamos dormir cuatro horas para que otra perona se acueste. Había varias haciendo fila por el colchón”, afirma.

A los 20 días fueron llevados a San Pablo. Recuerda que en esa ciudad los metieron en un taller ubicado en el Barrio Da Peña. Ahí estaban obligados a costurar 500 prendas por día, sin derecho a salario y con el único incentivo de poder salir una vez a la semana, durante media hora, para ir al supermercado, escoltados por dos hombres fornidos que los atormentaban con el siguiente discurso: “Nosotros somos maleantes, si huyes te pegaremos un tiro”.

Los Quispe empezaron a reclamar sus derechos y para evitar que todos se amotinen fueron vendidos por $us 300 a una mujer que tenía un taller en una casa que se encontraba en el barrio Mooca.

Esta historia también la conoce Francisco Javier Tito Maita, que además de ser el presidente de la iglesia Asambleas de Dios Cristo La Roca, curó las heridas espirituales de los Quispe. “A la pareja la encontramos en la calle, deambulando. Estaban asustados y con mucha hambre”, cuenta y también dice que la esclavitud laboral es común en San Pablo y que una vez estuvo en una reunión con la Policía y ahí se enteró que esa institución actúa solamente cuando hay denuncias, pero como las víctimas viven sometidas, no se atreven a abrir la boca.
La que sí se atrevió fue la consulesa Rosa Virginia Cardona, y fruto de las denuncias dice que ahora hay tres personas en la cárcel por el delito de trata de personas. Pero ella sabe que esos hombres que están presos son sólo un pequeño punto en el enorme universo de esclavitud que florece en el submundo paulista.

Rafael Quipe tenía intenciones de denunciar a los que los esclavizaron, pero todo pasó muy rápido desde la fuga, hasta que una línea aérea les regaló los pasajes para volver a su tierra.
El escape fue planificado. Recuerda que con su esposa habían estudiado los movimientos de los escoltas y sabían que a las 4:30 de la madrugada se ponían a cabecear de sueño. A esa hora, los Quispe saltaron de la segunda planta del taller de costura y se fueron rengueando, sin mirar atrás, por las calles de San Pablo, dispuestos a contar sus días y noches de llanto ni bien retornen a casa.

Los dormitorios hacinados son un instante de refugio para ellos
Alberto Gonzáles es cónsul de Bolivia en Buenos Aires

El fin de semana y hoy lunes publiqué un reportaje sobre la vida de bolivianos sometidos en talleres de costura. Las notas salieron en el diario EL DEBER donde trabajo. Por un tema de espacio, la entrevista que le hice al cónsul de Bolivia en Buenos Aires, Alberto Gonzáles, sólo fue aprovechada en lo que el papel lo permitió.

 La palabras del Gringo, así lo conocíamos cuando era un peirodista de los buenos en el país, ayudan a entender ese fenómeno que es de vieja data. Brillante, puntual, y poética. Así son sus respuestas que ahora las comparto con los lectores de Crónico con el debido permiso del diario EL DEBER.

Palabras del Gringo Gonzáles

Si no partimos de aquí no podremos entender el tema, no por lo menos en su justa dimensión.

No creo que podamos interpretar lo que sucede con los compatriotas en Argentina, en especial con quienes se dedican a la industria textil, sin poner su situación en un marco general más amplio: las actuales reglas de juego del mercado mundial.

La Oxfam ha publicado hace unos años un interesante trabajo de investigación donde habla precisamente de la actividad de los talleres de costura en varios lugares del mundo y muestra que se trata de una especie de libreto que se repite siempre y donde los actores cumplen el mismo rol siempre: unos pocos que controlan el negocio, se llevan casi todo y enriquecen cada día más; y otros muchos, la mayoría, que trabajan en las condiciones laborales más precarias que pueda uno imaginar y ganan casi nada.

En ese escenario, este drama nos muestra que lo único que cambia es el nombre de los actores de reparto: mientras las “estrellas” del negocio, las que acaparan la parte gruesa del negocio, tienen en muchos casos nombres que se leen y se dicen igual en cualquier parte del planeta, los otros, los actores digamos “de reparto”, algunas veces se llaman indonesios, otras guatemaltecos, a veces bolivianos. Todos con un común denominador: son pobres.

La trama nos encuentra con el siguiente argumento que se repite una y otra vez: una polera de “buena marca” cuesta en una galería comercial de categoría, digamos 40 dólares o su equivalente de 150 pesos argentinos. Antes de llegar a tan elegante vitrina, por esa polera el “fabricante” le pagó a un “tallerista” boliviano 2 pesos, vale decir 50 centavos de dólar. Y este a su vez le encargó el trabajo a un “costurero”, también boliviano, al que le canceló 50 centavos de peso argentino, algo así como 15 centavos de dólar.

Pasando en limpio: entre el precio de venta de 40 dólares y los 50 centavos de dólar que se paga al que se entrega la prenda confeccionada, hay una diferencia de 30 dólares con 50 centavos.

El dueño de la vitrina, “la gran marca”, no sabe quién hace sus prendas ni cuánto recibe por ellas. El “fabricante”, que es el nexo entre “la gran marca” y los dueños de los talleres textiles, o “talleristas”, se limita a contratarlos y pagarles las miserias ya anotadas. El “tallerista”, con ese magro precio debe pagar el trabajo al “costurero” pero además debe proveerle de vivienda y de alimentación. Y el “costurero”, que trabaja a destajo, y está obligado a trabajar al menos 15 ó 16 horas por día para llegar a reunir a fin de mes poco menos de 200 dólares, comiendo mal y en un espacio en el que de día trabaja y de noche duerme sobre una colchoneta.

Y así da vuelta la rueda, todos los días, las semanas, los meses y los años. Con “talleristas” que sueñan algún día llegar a ser “fabricantes”; y “costureros” que siguen ahorrando peso sobre peso para dentro de pasar a ser “talleristas”, si es que antes la tuberculosis o el VIH no les ganan la partida.

Desconocemos cómo les va en la v ida a las “grandes marcas” y a “los fabricantes”. Al contrario, sabemos desde las más profunda indignación e impotencia que en la mayoría de los casos “talleristas” y “costureros”, casi en un 99% bolivianos, comparten la más espantosa miseria.

La ecuación es tan simple cuanto dolorosa: la próxima vez que alguien compre una gran marca en 40 dólares, estará aportando, en una de esas sin saberlo, con 50 centavos de dólar al mantenimiento de una industria que aquí y en donde se la busque, privilegia ante todo y por sobre todo el lucro desenfrenado.

 

La noticia que se tiene en Bolivia es que muchos compatriotas son sometidos en los talleres de costura de Buenos Aires a condiciones inhumanas, ¿cómo está esa situación ahora?

Después de lo manifestado en la introducción la respuesta es que sigue todo igual. Diríamos incluso que por momentos la situación se agrava ya que este año hubo una notoria recesión que llevó a mucha gente a la calle y empujó los precios por los suelos.

¿Se puede esperar que la situación cambie para mejor sin que los protagonistas de esta historia se sienten a negociar precios más justos? Mi respuesta es no.

 

¿Se puede hablar de esclavitud, o trata y tráfico de bolivianos en Argentina?

No sólo que se puede hablar de esclavitud y trata. Las autoridades judiciales de Argentina han llevando adelante una serie de acciones en las que se detectó la existencia de talleres textiles donde había gente sometida a estas prácticas. Y aquí una puntualización que no es mera semántica: antes los bolivianos venían a Argentina, ahora los traen.

Veamos un ejemplo clásico, que se repite con alarmante frecuencia: una persona analfabeta es traída de su comunidad a Buenos Aires con la promesa de que le pagarán 400 ó 500 dólares por mes, además de la vivienda y la comida. Ni bien llega a la frontera le quitan sus documentos so pretexto de hacer los trámites. Esos documentos en muchos casos no volverá a verlos sino después de denunciar a su empleador. Pero volvamos atrás: esta persona llega a un lugar donde lo hacen trabajar desde el primer minuto, maratónicas jornadas de sol a sol, hasta que por la noche arrincona la máquina de coser, extiende su colchoneta y duerme algunas horas para recomenzar la tarea enseguida.

Con tres comidas al día que incluyen un mate con pan, y todas las combinaciones que uno pueda imaginar de arroz, papa y fideo. Luego el reclamo por la paga y la respuesta, también clásica: “no te corresponde nada todavía porque recién estás pagando tu pasaje, la casa y la comida, ¿o quién crees que va a pagar eso?”. Y así, durante seis y hasta más meses recibiendo “adelantos” o “pagos a cuenta”, casi nunca el sueldo pactado en Bolivia. “Y si no te gusta pues ándate, aunque te advierto que en la calle te va a ir peor: sin documento, los maleantes te van a asaltar y te van a matar, o los policías te van a meter preso y te van a hacer desaparecer.

Personas que esperan los sábados al final de la tarde o los domingos para salir unas horas de su encierro y poder reconfortar sus espíritus y sus cuerpos, apelando tantas veces como les es posible a canchas de fútbol, bailantas o algún que otro restaurante de la zona.

Retomando lo planteado al inicio, podemos coincidir en que existen condiciones de esclavitud en estos lugares, pero la pregunta es ¿quién tiene la llave liberadora de estos esclavos? ¿Quién es más esclavo en esta historia, el que es contratado por migajas para hacer una prenda o el que recibe parte de esas migajas para hacer la tarea? Y otra preguntita más: rompiendo esa cadena de esclavitud ¿cuál sería el próximo destino? ¿La calle y vuelta al desempleo?

 

¿Cuántos bolivianos se estima que hay en esa situación y cuántos talleres clandestinos?

No existen cifras exactas. Y aquí se debe dividir lo que sucede en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y lo que pasa en la provincia de Buenos Aires, en especial en partidos como La Matanza y Lomas de Zamora, lugares aledaños a la Capital.

Las estimaciones de las autoridades de la Ciudad indican que en este ámbito funcionan de tres a cinco mil talleres textiles clandestinos. Y se estima que en la provincia esa cifra se multiplica casi por tres. En ese caso estaríamos hablando de cerca de veinte mil talleres que no están habilitados. Insisto que son estimaciones y por supuesto no incluyen a un importante número de unidades que sí trabajan en forma regular, aunque no son la mayoría por cierto.

Si se calcula que existe un promedio de cinco trabajadores por taller tenemos que la cantidad de personas trabajando en este esquema rondaría las cien mil personas. Existen cálculos de todo tipo que arrojan cifras diferentes, pero mil más o mil menos no van a cambiar la esencia del problema ni el camino para encontrarle una salida seria y duradera.

 

¿Hay algunas señales por parte del Gobierno argentino para terminar con este problema?

Existe una importante normativa en este contexto, destacando por sobre el resto la Ley No. 12.713, que regula el denominado “trabajo a domicilio”. Es una buena disposición pero que a la fecha no se hace sentir.

En el caso de la Ciudad, el gobierno de Mauricio Macri ha elaborado una Ley de emergencia y un programa que se denomina “Buenos Aires Produce”. El propósito es habilitar los talleres textiles que funcionan en esta jurisdicción y para ese fin han dispuesto una serie de plazos y requisitos que deben ser cumplidos. Ablando con los propietarios de talleres, las principales observaciones son en cuanto a la imposibilidad de los “talleristas” de declarar a su personal. Aseguran que no hay voluntad en los “costureros” para que le descuenten para aportes jubilatorios u obra social. Ellos quieren todo el dinero, aseguran. Eso y los precios que reciben que son tan bajos que para poner “en blanco” a sus costureros necesitaría sacar dinero de sus bolsillos y poner en riesgo la continuidad de su emprendimiento. Dicen muchos que la vara se puso tan alta para que la gente huya de la Ciudad a la provincia o regrese a Bolivia.

Hemos planteado en más de una oportunidad ante las autoridades del área de Trabajo de esta ciudad que al margen de otros cuestionamientos, nos parece un error garrafal que la ley ponga todo el énfasis de la fiscalización y del control sobre los “talleristas”, y sea complaciente y tolerante con los dadores de trabajo, es decir con las “grandes marcas” y sus colaboradores “los fabricantes” que son quienes en realidad ponen los precios y en definitiva marcan las pautas en este mercado.

A nuestro juicio este es el tema de fondo: si en verdad quieren solucionar este problema y no pasarlo a otro distrito o esconderlo bajo la alfombra, se debe llamar a una gran mesa de negociación a la que acudan “grandes marcas”, “fabricantes”, “talleristas”, “costureros” y todos los actores de la administración pública vinculados a este tema. Una mesa en la que se fijen algunos puntos mínimos indispensables para arrancar, uno de ellos subir los precios que hoy por hoy se están pagando, para lo cual será de enorme utilidad encargar al ente que se considere pertinente la elaboración de la hoja de costo de cada prenda. Seguramente en ese momento comenzaremos a enterarnos dónde es que desaparece esa brutal diferencia que existe entre el precio de venta en las vidrieras, y las migajas que reparten algunos “fabricantes”, por ejemplo, en varias villas de la Capital.

 

¿El Consulado y la Embajada de Bolivia qué pueden hacer para liberar a los que actualmente están sometidos y para evitar que sigan aumentando el número de víctimas?

Respondo por el Consulado a mi cargo. No tenemos jurisdicción para actuar de forma directa en contra de los que explotan a la gente o los reducen a la servidumbre. Es que tampoco sabemos dónde están los talleres. Cuando nos llega una información o una denuncia de un ciudadano encaminamos la denuncia hacia los canales que dispone el ordenamiento jurídico argentino. A la par, acompañamos y hacemos un seguimiento de las causas donde se investigan estos delitos. Nuestro trabajo es más bien de concientización entre nuestros compatriotas, informándoles por los medios que disponemos de la existencia de una serie derechos y de leyes que debe observarse, tanto para los dueños de talleres como de los costureros.

Lamentablemente es muy poco lo que se puede hacer desde nuestra burocracia estatal, en extremo lenta si se la compara con la dinámica y la velocidad que tiene este mercado de la indumentaria. Lo que se pueda hacer siempre es poco ante la evidencia de que por un lado hay un empresario dispuesto a hacer cualquier cosa para ganar un dólar, y del otro lado hay un ciudadano dispuesto a dejarse hacer cualquier cosa con tal de ganar un dólar. Esto es lo que hace tan difícil pretender que sea el mercado por sí solo el que regule este descalabro.

 

¿Por qué se hace difícil ayudar a los bolivianos que viven en esa situación tomando en cuenta que no se trata de un tema nuevo?

Por todo lo expuesto antes. La trata, la explotación, la esclavitud y la reducción a la servidumbre son todas hijas de la necesidad. Reitero, cuando se juntan en un mismo tiempo y espacio un mercado voraz que todo lo consume, y del otro lado un ejército de mano de obra barata que no tiene más salida que esta, pues pareciera que no hay forma de parar la rueda.

Ni todas las campañas que se hagan en Bolivia para decirle a la gente que ya no se deje engañar, que ya no venga, que Buenos Aires no es la panacea ni mucho menos; ni los máximos esfuerzos que pongamos aquí para dar vuelta la historia, nada alcanzará para revertir la situación.

No va a ser el considerado “esclavo” el que va a renunciar a su actual yugo -el taller- para saltar a otro yugo –la calle- que podría resultar peor que el anterior.

Seguimos confiando en que una intervención estatal, decidida y firme, podría comenzar a cambiar el rumbo de esta historia. Una acción que involucre y responsabilice por igual a todos los que están en la cadena textil, apuntando entre otras cosas a una más equitativa distribución de la plusvalía. Y ojo que aquí no es cuestión de pararse en un estrado y sentenciar quiénes son los buenos y quiénes los malos, porque después de eso todo podría seguir igual.

Considero que dejar como hasta ahora todo librado a la “mano invisible” condenará a quedarse también en calidad de invisibles a miles de compatriotas nuestros que llegaron aquí con la esperanza de salvarse. Invisibles, claro, hasta que un canal de televisión vuelva a mostrarlos mitad abominables y mitad dignos de conmiseración; hasta que una tuberculosis los arrastre ante los ojos de un médico de hospital público; o hasta que la maestra de la escuela se de cuenta de que los niños en Bolivia habían sabido trabajar desde bien chiquitos.

Viaje a la frontera con Chile

Viaje a la frontera con Chile

El guía dijo que ya faltaba poco para que se termine Bolivia y los ojos del manantial estaban ahí, mirando boca arriba, a un kilómetro de la frontera, al final de una falda de esos cerros que lo tuvieron al fotógrafo Max Toranzos brincando de una pata dentro de la camioneta durante las seis horas de viaje. “Pará aquí Lucho, mirá aquella montaña, azulita, rojita, como si la hubieran pintado con acuarela”, le decía a cada rato al chofer, y Max sacaba su cabeza de toro y su camarota por la ventanilla, a veces también abría la puerta y se bajaba. Joder pendejo, el frío se entra. A fotografiar a las montañas no hemos venido, sino a meternos en las entrañas del Silala, le decía yo y él sabía que no era con rabia porque después terminábamos cagándonos de risa dentro del vehículo porque coincidíamos en que los chulos nos transformaban el aspecto de la cara. Los chulos los compramos horas antes de marchar a la frontera. A las 23:000 estábamos cenando en un restaurante lerdo de Uyuni y ahí observamos a dos turistas con sus cabezas cubiertas con unos chulos que no habíamos visto en ningún otro lugar del mundo. Algo parecido encontramos en la tienda de al lado y a las 4 de la madrugada supimos que fue una buena compra. La camioneta roncaba y con sus ojos de gata alumbraba un caminito largo rompe mandíbulas. Pensé que iba a ver varios pueblos a medida en que el Silala vaya dando señales de vida, pero la vida humana parecía lejana. La paja brava estaba por todos lados, tanto como la arena y las piedras y las montañas coloridas. Las vicuñas aparecían de vez en cuando y después me enteraré que alguno de esos animales servirá para que los once soldados que cuidan esa esquina de la Patria, al ladito de donde nace el Silala, calmen su hambre del mediodía o de la noche. Claro, uno de los soldados me dirá que las vicuñas son cosa prohibida, que matarlas está penado por Ley porque hay una norma que impide que se las descuere. “Pero qué vamos a hacer señor periodista, el otro día vino un campesino y nos regaló un dedazo de carne”. Así se disculpará. Entiendo que olvidados como están aquellos hombres, la carne de vicuña les resulta suculenta por más de que comerlas sea cosa prohibida. Pero los soldados no se quejan. Ellos apenas se limitan a contar su realidad. Hace media hora, mientras don Lucho se rompía la madre sacando la camioneta de un lugar arenoso, uno de los muchachos me dijo que para casos de emergencia tienen una motocicleta cuyos cinco litros de gasolina que les da el Gobierno, los cuidan como oro. Y no precisamente para combatir al enemigo, sino, para salir en busca de ayuda por si uno de ellos se enferma. Esa miseria contrasta con Chile. A centímetros de la franja se pone en evidencia la diferencia. Cerquita de Bolivia hay unos postes que monitorean a través de rayos infrarrojos cualquier invasión extranjera. Son las 12.30, hace frío y dentro del puesto militar hay una olla con lagua y dentro de la lagua hay carne de vicuña. El fotógrafo y el guía la están probando. Yo me encuentro en la cabina de la camioneta sufriendo arrebatos de vómito. Don Lucho me dice que pudo haber sido el pollo que comí en el restaurante lerdo de Uyuni. Le digo que la culpa es de los más de 5.000 metros de altura y del viento que muerde con sus dientes de piraña. A Max le ha gustado la carne de llama. Afuera, antes de montarse en el vehículo para retornar a Uyuni, le dice a un soldado que ahora que ya ha comido, le echaría una picada de cien metros. Exagera, pero logra arrancarles por segunda vez una sonrisa de sus caras agrietadas. Antes ya lo había conseguido. Lo hizo para romper el hielo. Es que él se encarameló con los primeros ojos del Silala que vio ni bien llegamos. Don Lucho puso el freno y Max se bajó radiante y clic aquí y clic allá. El guía se asusta después de diez minutos y alterado dice: Parece que estamos en territorio chileno. “Allá vienen unos militares”. Pero eran bolivianos, y Max pensó que venían en posición de asalto. Por eso, para romper el hielo, les preguntó si ahí era el Silala, si ellos tomaban de esas aguas, si eran los únicos que habitaban la zona y, después, cuando ya se hicieron cuates, les preguntó sin ponerse rojo quién de todos era el más pajero. Después de la despedida fue quedando el recuerdo. Ahora estoy en la sala de redacción, a más de 2.000 kilómetros de distancia y a 800 metros sobre el nivel del mar. Siento que el viaje no fue hace cuatro días, sino añadas. En las fotos de Max veo las montañas de colores y las caras agrietadas de esos once soldados que hacen patria a su modo, cuidando, más que la tierra y el agua que brota de los 93 ojos del Silala, esa moto y sus cinco litros de gasolina que están ahí para cualquier emergencia.

El empute de María

La vida en Bolivia parece una novela que transcurre en la época de los Alcapone. Hubo una época en que uno se despertaba escuchando carajazos disparados por las bocas de las autoridades de La Paz y de la Media Luna, que se odian amargamente, y cuyos medios de comunicación los difundían inextenso con mucho placer. Después resultó que había ciudadanos que no podían sentarse a tomar una tasita de café en el boulevar de la Monseñor Rivero porque de inmediato los sacaban a patadas bajo el cargo de “No querer a Santa Cruz y amar al partido de Gobierno. Luego vvinieron las bombas en casa de ministros y la última que explotó fue en la residencia del Cardenal Julio Terrazas. En este momento son las 11 y 26 de un 17 de abril soleado. En la redacción donde trabajo hablan de la muerte de tres supuestos terroristas y en la calle, dentro de bus o de un táxi, la charla es la misma. “¿Será verdad que quieren matar al Presidente Evo Morales?”. Hay versiones de ambos lados. Los aficionados al Gobierno creen el discurso de que un magnicidio es posible y que Evo es la piedra en el zapato de un grupo de poder económico. Otros, creen que el Presidente quiere ser tomado como víctima y que ese discurso ya lo viene repitiendo desde hace tiempo.
Los del centro, los que no están a favor ni en contra de nadie, esos que, como mi amiga María, por ejemplo, se gana la vida de sol a sol, cría a sus hijos con el sudor de su frente y se desvela porque tiene que hacerle a otros oficios porque su sueldo no le alcanza, dice que está cabreada de tanto despute, que le vale un culo la pelea de los políticos y desearía que dejen de usar al pueblo como carne de cañón.

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Desde el 10 de diciembre del año pasado, René Vargas es el símbolo más visible de los inmigrantes altiplánicos del barrio El Minero, y a la vez, la prueba más certera de que el odio entre cambas y collas no pasa, en muchos de los casos, de las esferas mediáticas y de las frases encendidas de algún discurso que busca alborotar a las masas hormonales.  

Aquel díaRoberto Navia Gabriel, René Vargas fue golpeado como un perro por supuestos miembros de la Unión Juvenil Cruceñista, que lo acusaron de espiar, por orden del Gobierno, a los huelguistas que estaban contra las  medidas que presuntamente Evo Morales pretendía ejecutar en desmedro de la región oriental.

“Fue la única vez en 20 años que me trataron con odio en Santa Cruz”, dice desde su sillón de plástico en el que descansa en la vereda de tierra de su casa pequeña y rústica, tan sencilla como las que reinan en el altiplano. “Pero no por aquel amargo momento puedo decir que acá tienen fobia a los collas. Los malvados son sólo unos cuantos”, dice y se le nota en la cara que cuando pronuncia la palabra malvado, siente placer y pareciera que su rabia deja de existir cuando remata con esta frase: “Algunos actúan como animales porque no han ido al cuartel o porque no aman de verdad a este país. Yo daría la vida por un cruceño porque es gente muy buena”.
René Vargas es uno de los cientos de miles de emigrantes que escaparon de las garras del desempleo de sus pueblos andinos para buscarle a la vida en una tierra que para él, allá por 1987, le parecía un planeta diferente. “En este barrio reinaban los mosquitos y los monos”, dice, y recuerda que por aquel año su piel pegajosa por el calor infernal no le dejaba dormir y pelechaba como esas víboras que él se topaba en los mediodías de sol por las calles polvorientas de su barrio. 

Al margen de aquellos contratiempos provocados por la naturaleza, Vargas salió adelante y en pocas semanas llegó a sentirse en Santa Cruz mejor que en las minas de Oruro, de donde salió obligado por el decreto 21060 de Víctor Paz Estenssoro. Después de un año en esta ciudad, hizo traer a sus seis hijos y a su esposa. Actualmente, sigue viviendo en el barrio El Minero que ya tiene 6.000 habitantes. En uno de esos 35 manzanos vive gente venida de Portachuelo. “Aquí convivimos sin rencores”, asegura.

En otro lado de la ciudad, en el barrio Los Lotes, Víctor Huanacuni recuerda que fue su tío Prudencio el que le abrió las puertas de su casa hace cinco años cuando él llegó sin un peso desde La Paz. Huanacuni se había subido a un bus en la sede de Gobierno y al llegar a la terminal cruceña alguien le metió la mano a su bolsillo y le saqueó hasta su documento de identidad. Recuerda que estuvo ‘bárbaro’ unos meses, pero igual pudo vender pororós y caramelitos en varias partes de la ciudad”. Ahora, este paceño sesentón  dice que es dueño de un micro, de dos casitas que quedan en la zona sur y que es padre de cuatro hijos, dos de los cuales ya están por salir profesionales. “Claro que no ha sido fácil surgir en esta tierra acalorada”, dice y de pronto inventa una sonrisa: “Las únicas veces que me sentí ofendido (se ríe) fue cuando en el estadio los hinchas de Oriente Petrolero decían “el que no festeja es un colla e m…” y también cuando  aprendiendo a manejar me metí en contraflecha y un conductor me gritó que era un colla burro”.

Los emigrantes recién llegados, ésos que se vienen con la ropa en el cuerpo y aquellos que no tienen quién les tienda una mano, preguntando aquí y allá, consiguen dar con las agencias de empleos que están por la ex terminal y ahí se sientan y esperan a que alguien les pregunte si sabe cocinar o cuidar guagua ajena. “Hasta el sueldo más bajo como trabajadora del hogar lo veía como una gran cosa en comparación a lo que se gana en Cochabamba”, dice Mariana Rodríguez que llegó a Santa Cruz cuando tenía 16 años, es decir, hace una década. A ella la trajo una amiga de su madre. Faustina se llamaba la doña, cuenta, y dice que de esa mujer sólo tiene recuerdos grises. Es que apenas la tuvo una semana en su casa. Cuando se dio cuenta que Mariana no sabía cocinar la puso en la calle y ella, con su castellano cojo, llegó hasta una de las agencias de trabajo y ahí conoció a doña Liliana, que la llevó a su casa y le enseñó a cocinar y a pronunciar bien el castellano. “No crea que lo hice porque soy buenita. Valoré lo honrada y trabajadora que era Mariana”, recuerda sobre aquellos años cuando empezó a convivir con una emigrante, con una desconocida. “Hace tres años que ya se ha ido. Consiguió marido y se fue a formar su propio hogar”, rememora. Santos Durán abre el libro de su vida y el de sus coterráneos paceños. A través de su relato uno puede internarse en su trajinar diario por las venas de la ciudad y ver el mundo a través de sus ojos andinos. Cuenta que la mayoría de los que se vienen de las alturas empiezan vendiendo picolé y que cuando ya han juntado algo de platita dejan a sus parientes y se van a alquilar un cuartito que no pase de los Bs 100 al mes y cuando su capital ya es grande ponen una tienda de lo que sea y cuando llega ese momento ya nadie puede detenerlos.

Los llegados de otros lados acostumbran buscarse entre ellos. Entre semana, dice Durán, alguien comenta que ha conocido a la Justina y a la Pascuala y que el domingo ellas tendrán su día libre y que sería bueno llamarlas el sábado en la noche a sus teléfonos celulares para invitarlas a tomar una cervecita o a bailar en las discotecas. “Así nosotros nos relacionamos con el sexo contrario”, cuenta, pero aclara que ahora es más fácil conseguir una pareja: “Al teléfono celular le debemos la vida. Todo mundo tiene uno. Vieras hermanito, a las ñatitas les gustan los que tienen cámaras fotográficas”, especifica haciendo ademanes como si estuviera agarrando un teléfono de última generación. Durán dice que en una ‘chupa’ no se gasta más de Bs 50 porque el chopp es barato y porque el último trago se lo toma justo antes de que pasen los últimos micros que van a la Villa Primero de Mayo y al Plan 3.000 donde viven muchos de los paisanos. “Imagínese si nos vamos en taxi. Mínimo nos pelan 30 pesos y eso es harto pa nosotros”, se queja. 


¿Llegan a relacionarse con los oriundos de Santa Cruz? Mayormente en el trabajo, dice un buen puñado de potosinos que accedió a una entrevista en una pensión donde comían después de haberse ’sacado la madre’ en una construcción civil del segundo anillo.
Sin embargo, contaron que con el paso de los años las amistades entre collas y cambas se van consolidando y de pronto resulta que la mujer que trabajaba en la casa ya es comadre de la empleadora o el albañil que hizo la barda de la vivienda se ganó el cariño de la familia la tarde en que salvó al hijo del jefe, que se estaba atorando con una moneda de 50 centavos que se había tragado por dañino. Cuando uno llega a conocerlos, dice Evelín Vaca, cruceña de nacimiento, es más fácil entenderlos porque el de acá se da cuenta que muchas acusaciones que se hacen a los inmigrantes, como ésas que dicen que son los que ensucian la ciudad y son expertos en buscar pleitos, no son del todo cierto. “Los cambas somos muy hospitalarios y los collas con su trabajo se hacen querer”, afirma. René Vargas, si bien ha tenido una mala experiencia aquel 10 de diciembre, asegura que no tiene motivos para arrepentirse del éxodo que emprendió hace dos décadas a esta tierra. Es más, dice que todas las noches, desde su puesto de guardia de seguridad con el que se gana la vida, está listo para defender la inseguridad y la delincuencia en esta ciudad tal como lo haría cualquier cruceño.

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